Mientras caminaba por el cementerio de Copiapó, Linoska González (27) recordó el sueño que había tenido hacía pocas semanas atrás. Despertaba sola y lo veía entrar. “Me decía que todo era una broma, que había estado paseando en moto por ahí”, rememora.

No era la primera vez que soñaba con su padre.

Hacía más de dos años que Rosamel González Flores había desaparecido durante los aluviones que afectaron a la región de Atacama, en marzo del 2015. Dos años y medio de búsqueda que llegaban a su fin, mientras se preparaba para enterrarlo esa calurosa tarde en el cementerio de Copiapó, el 1 de septiembre de este año.

Sentada frente a un modesto altar en el living de su casa -una foto carnet impresa a color, dos candeleros sin velas y una figura de san Expedito arrinconados en la esquina de un ropero-, reconoce que, incluso mientras caminaba detrás del ataúd, le costó creer que su padre era el que iba adentro.

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La noche del 24 de marzo de 2015, Luis Araya (52) llegó hasta el antejardín de la casa que Rosamel González tenía en el campamento Cardenal Silva Henríquez, en el sector alto de Los Loros.

—Tenís que salir, va a quedar la cagá—, le gritó. Estaba hundido en el barro hasta las canillas.
—Bah, déjame aquí, si son cuatro gotas nomás. Ustedes se mueren si se van pa’l sur—, fue la respuesta de su vecino.

Araya, rendido, avanzó en dirección al liceo del pueblo, el cual había sido habilitado como albergue para los posibles anegados por las lluvias que habían azotado la zona durante los últimos días. En la oscuridad, el hombre dio media vuelta para ver si su amigo había cambiado de opinión, pero el portón que protegía el jardín de pimientos de Rosamel seguía cerrado.

Sería la última vez que alguien lo vería con vida.

Rosamel Segundo González Flores nació hace 48 años en Capitán Pastene, un pequeño pueblo fundado por descendientes italianos en la Araucanía. Fue el último hijo de un extenso linaje de 16 hermanos. Algunos años después, la familia decidió probar suerte en Santiago, instalándose en la toma Patria Nueva de la población La Pincoya.

Ahí, cuenta Hernán, hermano mayor de Rosamel, este se sintió aprisionado. Su carácter inquieto, dice, lo llevó a abandonar el colegio para trabajar en la construcción. A los 17 años ya estaba emparejado con quien sería la madre de Linoska. “Ganaba lo suficiente para mantenerse con su pareja y la niña de ella en una casita de la población. Le bastaba con eso”, recuerda.

Con los años, la pareja se fue distanciando. Recomendado por un amigo, Rosamel comenzó a realizar viajes esporádicos al norte para trabajar en lo que fuera: pirquinero en la pequeña minería del desierto, temporero de la uva y conserje de varias empresas en Copiapó. “Hasta que un día, cuando ya estaban separados con mi mamá, él decidió irse a vivir para allá”, cuenta Linoska.

A su mediagua de tablas azules del campamento Cardenal Silva Henríquez, en Los Loros, llegó en 2012. “Fue uno de los primeros en instalarse, justo sobre la antigua barrera de protección que había para los aluviones”, recuerda Araya, quien fue presidente de la junta de vecinos de la toma por casi 18 años.

“Le gustaba la tranquilidad, y se hacía buenas lucas podando las parras con su motosierra”, cuenta Linoska.

Cada año, una población flotante de casi ocho mil temporeros recorre el valle de Copiapó en busca de trabajo en los viñedos del sector. Provenientes en su mayoría de la región de la Araucanía –como Rosamel-, eran muy pocos los que optaban por quedarse a vivir en el desierto.

Pocas horas después de la visita de Araya, las personas refugiadas en el albergue sintieron algo que describirían como un “gran pencazo”. La quebrada se había salido y el barro estaba arrasando todo el pueblo.

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Linoska fue la hija más cercana de Rosamel. “A veces él se iba en moto a Capitán Pastene, y a los dos días estaba en Copiapó. Era muy libre, y aunque no era expresivo, me gustaba mucho conversar con él”, recuerda su hija.

Cada vez que Rosamel abandonaba su casa, para realizar un “pituto” en los cerros, les recordaba a sus vecinos el teléfono de su hija. “Por si me pasa algo arriba”, les decía.

El verano previo a su desaparición, Linoska viajó hasta Los Loros para trabajar en la temporada de la uva con su padre. A pesar de la resistencia de él, ella volvió a Santiago los primeros días de marzo. Semanas antes del aluvión, Rosamel la llamó para hacerle una propuesta. “Me dijo que me fuera a vivir para allá, que se sentía solo”.

Linoska le dijo que le diera unos días para pensarlo.

El día 27 de marzo, recibió un llamado desde Los Loros. “Mi niña, no podemos encontrar a tu padre”, escuchó.

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Rosamel pudo haber sido rescatado dos veces del barro, aunque nadie –ni quienes alcanzaron a sujetarlo durante algunos segundos- sabe si estaba realmente con vida.

Primero, una pareja logró arrimarlo hasta el poste de electricidad donde se encontraban resistiendo. En la oscuridad, debieron optar por quedarse con él o intentar alcanzar la orilla. Tuvieron que dejarlo ir.

El cuerpo de Rosamel siguió flotando pueblo abajo, en dirección al río. Bomberos lo vio pasar entre el liceo y la mutual de seguridad hasta la calle Ferrocarril, donde una micro estacionada formó un “tapón” que desvió el torrente. A pocos metros de ahí, Roberto Gutiérrez, dueño de la pensión del pueblo, alcanzó a agarrar a una persona que cree era Rosamel. Una vez más, la fuerza del barro lo obligó a soltarlo.

A pesar del relato de las personas que lo vieron por última vez, la búsqueda comenzó donde solía estar el campamento. Como la mitad del pueblo estaba cubierto por casi dos metros de barro, debían asegurarse de revisar en todos los posibles lugares donde Rosamel pudiese estar.

Un fuerte hedor y los insistentes ladridos de su perra, convencieron a los rescatistas de partir cavando en el sector donde estaba su casa. “Encontramos su chaqueta, hasta el cuadernillo donde anotaba las peguitas que iba haciendo por el valle, pero de él nada”, recuerda Luis Araya.

Luego, los vecinos y bomberos siguieron por la cancha de fútbol del pueblo, ubicada al frente de la población donde vivía el desaparecido. Tampoco tuvieron resultados. A los pocos días llegó Linoska, acompañada por José González, su tío. De día, recorrían el valle con palas, o acompañando a las máquinas retroexcavadoras. De noche, mientras alojaban en el albergue de emergencia junto a los demás vecinos sin casa, preparaba pasteles para financiar su estada. “Mi tío estaba cansado, decía que en esta cagada tan grande nunca lo íbamos a encontrar”, recuerda.

Al cabo de un mes, Linoska regresó a Santiago.

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Carabineros, la PDI y la Fiscalía de Copiapó, contabilizaron 1150 denuncias por presunta desaparición. Los cuarteles de la capital regional, la mayoría de ellos anegados por el barro, colapsaron por la cantidad de personas que buscaban a sus amigos o familiares.

El trabajo, recuerda Alfredo Cáceres, comisario de la Brigada de Ubicación de Personas (BRIUP) de Santiago comenzaba por interrogar a los sobrevivientes.

“Partíamos por preguntar sobre qué estaban haciendo los presuntos desaparecidos cuando se los llevó el barro, dónde estaban sus casas o dónde había alojado la noche anterior”, recuerda Cáceres. “La idea era calcular la trayectoria estimada de los cuerpos”, complementa.

“Dependiendo de la potencia del barro, el flujo de agua y la contextura de las personas, un aluvión puede arrastrar a alguien por entre 38 y 50 kilómetros. Ese es el rango de búsqueda”, afirma el comisario Cáceres.

Durante las primeras semanas, bomberos y PDI buscaban contra el tiempo: el sol comenzaba a secar el barro, que en muchos sectores del río llegó a acumular una capa de dos metros. “Era muy difícil moverse en el barro húmedo. Luego fue peor, era como cavar en cemento”, dice.

En los 15 días que permaneció en Atacama, Cáceres intentó cubrir en parte los 162 kilómetros que tiene el río Copiapó. Los bomberos ayudaban con tubos de PVC, los que enterraban metros en el barro esperando “sentir” algo.

A la búsqueda se sumaban los familiares o parejas de las personas desaparecidas. Con los días, formaron una especie de cofradía: se informaban unos a otros acerca de cada nuevo hallazgo, y se recomendaban evitar las zonas que ya habían sido “barridas”.

Poco antes de retirarse de la zona de catástrofe, el equipo de Cáceres se encontró con una jauría de perros en uno de los sectores que ya habían revisado. Al acercarse, se percataron de que estaban alimentándose de una mano que sobresalía del barro.

En mayo de ese año, y luego de haber depurado la lista de desaparecidos hasta llegar a 22, las búsquedas cesaron en el valle. El estado de emergencia había sido levantado, y con él se retiraron las últimas unidades de búsqueda que habían llegado hasta la región. Rosamel seguía perdido.

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Durante dos años, Linoska realizó tres viajes a la región en busca de su padre. Allá la recibían quienes lo habían conocido, y la acompañaban recorriendo el río en busca de su rastro. Ocasionalmente, un vecino lograba que una de las empresas del sector le prestara una máquina retroexcavadora, con la que recorrían los puntos que aún quedaban por revisar. “Pero era todo demasiado grande, nosotros no teníamos esperanzas. Lo hacíamos más por la chica”, recuerda uno de los vecinos de la población.

La tarde del 7 de agosto de este año, dos trabajadores se encontraban realizando trabajos con una retroexcavadora en el frontis de la planta de tratamiento de aguas de Los Loros, cuando sintieron un bulto. Detuvieron la máquina, y bajaron a revisar. Casi dos metros bajo tierra, encontraron un cuerpo.

Luis Araya, uno de los dirigentes del campamento, fue uno de los primeros en llegar al lugar. Al pie de la excavación, distinguió el cinturón negro que su vecino usaba para estabilizar su espalda mientras trabajaba con su motosierra. A pesar del paso del tiempo, dice, aún se lograban distinguir ciertos rasgos de su vecino. “Es él”, dijo. El sitio estaba distante a sólo 500 metros de la antigua casa de Rosamel.

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El altar de su padre en un clóset de la casa Linoska.

 

A fines de agosto de este año, Linoska recibió el llamado que estuvo esperando durante casi dos años. José, su tío de Temuco, le comunicó que los resultados del examen de ADN habían llegado. “Es tu padre”, le dijo. Parte de ella se derrumbó. “La verdad, siempre pensé que mi papá podía estar vivo en algún lado”.

Linoska tomó el poco dinero que había conseguido ahorrar, y junto a su tío Hernán y su hijo menor, Jeremías, tomaron un bus a Copiapó. “En la pega no llevaba un mes y tuve que renunciar”, recuerda. Cuando llegó al norte, el primero de septiembre, el cielo estaba abochornado. Afuera del terminal los esperaba un colectivo contratado por la Fiscalía, el que los llevaría al SML, luego a la funeraria, y finalmente al cementerio de la ciudad.

El pequeño cortejo caminó hasta el patio 19, y se detuvo frente al nicho 9148, asignado de forma gratuita por la Municipalidad a Rosamel Segundo González Flores, hasta el 1 de septiembre de 2020.

Linoska aún no sabe si logrará juntar el dinero necesario para trasladar a su padre hasta Santiago, menos a Capitán Pastene. Lo que sí sabe es que una vez vencido el plazo, deberá cancelar dos millones de pesos para mantener sus restos en el cementerio de Copiapó. “Igual, quiero arreglarle su nicho, me gustaría ponerle su carita en mármol, para que la gente lo encuentre más fácil”, dice.

En Copiapó todavía recuerdan a Rosamel. Cada vez que vuelve a pasar por fuera de la planta de tratamiento, el “Chino”, uno de sus antiguos compañeros de parranda, detiene su camioneta unos segundos para recordar a su amigo. La gente de Los Loros lo mira, y de vez en cuando lo escuchan repetir las mismas palabras que gritó, al borde del llanto, apenas encontraron el cuerpo: “Tantas veces que pasé por aquí, culiao, y nunca me avisaste que estabas acá”.